IMELDA LEGUIZAMÓN DE MEDINA

Cuando el reloj marcaba las 9:50pm, del sábado 7 de octubre de 2023, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora del Rosario, la vida de nuestra madre Imeldita se apagó para este mundo y nació para el cielo, al recibir de labios del Buen Pastor la invitación a entrar a participar en la herencia del Reino eterno, preparado para ella desde la creación del mundo, por haber procurado vivir su peregrinación terrena bajo el signo de la fe, de la misericordia y del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 25, 34ss).

Testimonio de santidad y ternura en la familia

El Señor nos regaló por más de 93 años la bendición de esta mujer ejemplar, nacida en Garagoa (Boyacá) el 5 de mayo de 1930, en el seno de un hogar humilde y profundamente religioso. Siendo ella una niña, su familia se trasladó al pueblo de San Eduardo, donde transcurrió el resto de su niñez y juventud, alternando las tareas domésticas con la vivencia comprometida de su fe, al pertenecer a las cofradías y grupos apostólicos marianos que sostenían con su oración la devoción en la Iglesia.

Mientras desempeñaba su labor como telefonista del pueblo, conoció a quien llegaría a ser su primero, su único y su eterno amor: el cabo primero Primitivo Medina, quien había llegado a San Eduardo como alcalde y comandante del puesto militar. Tras un conveniente tiempo de noviazgo, y luego de superadas las respectivas desconfianzas y prejuicios (ella de los militares, y él de las telefonistas de los pueblos), unieron sus vidas en santo matrimonio, el día de Nuestra Señora del Carmen, el 16 de julio de 1955. Por mutuo acuerdo, como en todo y siempre lo hicieron, decidieron abandonar sus empleos para consagrarse a consolidar la familia que habían fundado en la presencia de Dios. Después de una breve estadía en Bogotá, decidieron radicarse en los campos de Tuta (Boyacá), de donde era oriundo su esposo.

Entre los sacrificados trabajos de la vida en el campo, la crianza y educación de los hijos y eventuales trabajos de modistería que realizaba para ayudar a la economía familiar, Imeldita vivía sus jornadas glorificando al Señor y honrando a la Santísima Virgen María, de quien fue especial devota e imitadora en su hogar. El fruto de esa fe sincera, vivida y cultivada junto a su amado esposo, fue el regalo de Dios de la vocación a la vida consagrada y sacerdotal del menor de sus siete hijos, quien a temprana edad debió abandonar el cálido y sereno ambiente familiar para emprender el camino de la vida religiosa en la Sociedad de San Pablo.

La cercanía con el carisma y espiritualidad de la Familia Paulina a través de su hijo, hizo que junto a su querido esposo, decidieran ingresar al Instituto Santa Familia, en el cual hicieron su profesión perpetua en el año jubilar del 2000. La vida litúrgica y espiritual del hogar encontró un lugar y ambiente apropiado en la capilla que su esposo Primitivo había construido para el servicio de la comunidad del sector. Dicha capilla fue bendecida por el entonces Arzobispo de Tunja, Mons. Augusto Trujillo Arango en 1980, y dada la utilidad que prestaba, se obtuvo también el permiso de la Parroquia de Tuta para mantener en ella la reserva del Santísimo, en un adecuado Sagrario.

Aunque su salud física siempre fue frágil y tuvo que lidiar con varios achaques y enfermedades durante su vida, su carácter y fortaleza interior le permitió superar varias hospitalizaciones y cirugías, e incluso pérdidas tan grandes como la del amor de su vida, con quien había compartido 61 años de santo y feliz matrimonio, en junio de 2016, y a los dos años la de uno de sus hijos, de manera repentina, en agosto del 2018. De esta manera, y tras haber superado el umbral de los 93 años, fue notorio su rápido deterioro, que la condujo finalmente a su pascua de encuentro definitivo con el Señor, y reencuentro con sus seres queridos que se le habían adelantado.

Queda como valioso legado para sus hijos, nietos, bisnietos, nueras, parientes, vecinos y amigos, un cúmulo de hermosos recuerdos, maravillosas enseñanzas y testimonios de las más apreciadas virtudes, como la fe y la caridad, la alegría y la delicadeza, la bondad y la ternura, la finura en el trato, y una hermosa y dulce sonrisa en su rostro que irradiaba una singular serenidad y paz espiritual.

Danilo A. Medina L., ssp.

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