LA MUJER ASOCIADA AL CELO SACERDOTAL

Feminismo cristiano En verdad, el feminismo de nuevo no tenía más que el nombre: sus mismos errores eran tan antiguos como las mujeres de mala vida. (Entrega 7)

No el nombre especioso de feminismo, sino la sustancia del feminismo bueno está antigua al cristianismo y, en gran parte, aún más. En efecto, como el consiste en actuar todas las doctrinas de nuestra fe en favor de la debilidad y de la dignidad de la mujer.

Descendiendo a detalles, podemos decir que el programa del feminismo bueno, bendecido y expuesto por su santidad Pio X, el 21 de abril de 1909, tiene dos partes: una negativa y otra positiva.

Y pasando ya a la parte positiva de este último, podemos decir que el mismo tiene especialmente a los siguientes fines:

  1. Procurar que la mujer realice el máximo bien en la familia. Este es el primero, el más eficaz, el más fácil trabajo de la mujer.

Como manifiesta Dios en la Escritura, la mujer, según sus inclinaciones naturales, según sus aptitudes, según las necesidades de la vida cotidiana, en primer lugar, tiene a la familia como campo de las propias fatigas. Y quien intenta darle, como primaria ocupación, un trabajo fuera de ella, tendrá que violentar sus gustos, oponerse a los designios providenciales de Dios, ocasionar desconciertos muy serios al hombre y a la sociedad, crear personas desequilibradas, infelices, inútiles y, peor aún, revolucionarias. La mujer en casa es reina, si sabe serlo y, sin pretenderlo, puede dominar el corazón de los suyos. Y justamente aquí podría ella lograr, con quererlo, la máxima influencia en la sociedad. Porque, si ha habido también en esto algún arbitrista que soñó con un Estado basado no ya en las familias, sino en un mal definido colectivismo estatal, aplicado incluso a las personas, la naturaleza y el buen sentido, concordemente nos dirán siempre que la familia es el fundamento del Estado, es la célula del Estado, es indispensable al Estado. Pues si el estado resulta de las familias, el será como la generalidad de ellas, o sea, será tanto mejor cuanto mejores sean las familias.

Lo nuevo es que la mujer de hoy debe formar a los hombres de hoy, debe socorrer las necesidades del hombre de hoy, debe servirse de los medios de hoy. Por poner solo un ejemplo, la mujer de hoy tiene que ser más instruida en la fe que la mujer de los siglos pasados. Ella ha de prever un poco las objeciones, las dificultades que va a encontrar la fe del hijo en medio del mundo; ella no puede arrojar a este hijo como un cordero indefenso en medio de los lobos rapaces.

  1. La primera y más natural actividad de la mujer es la de la familia; la segunda, casi como complemento de la primera, fuera de las paredes domésticas, la mujer puede dar un gran aporte a un número grandísimo de obras femeninas. Puede ayudar a la propaganda religiosa, entrando en las respectivas asociaciones: Damas de San Vicente, Damas de la misericordia, Catequesis parroquial, clases de religión, congregaciones marianas, Pía unión de Madres cristianas, Retiros obreros, Protección de la joven, santa Infancia, propagación de la fe, Liga para el descanso festivo, Liga contra la blasfemia, de la buena prensa, etc.

Puede intensificar la cultura propia ya sea respecto a la religión, a las materias sociales, respeto a la moral, o también en lo concerniente a la higiene, el gobierno de la casa, etc. Y todo ello en escuelas de familia, en círculos de cultura, en escuelas de sociología, en apropiadas bibliotecas.

Como se ve, el trabajo que puede hacer la mujer es inmenso: y crecería aún sin medida si se quisieran recordar los dos campos de actividad femenina asignados comúnmente a las religiosas y a las maestras: campos donde la mujer puede de veras según dice Mons. Bonomelli, constituirse en ayuda al sacerdocio y a la iglesia en la gran tarea de la salvación de las almas.

Distinguido así un feminismo del otro, no se ve ya razón alguna para no combatir con fuerza contra el primero y para promover en cambio el segundo. Combatir el primero es luchar contra la masonería y el espíritu masónico, que se vale de todo contra la Iglesia: es deber indiscutible de un sacerdote. Favorecer el segundo quiere decir aprovechar un instrumento para el bien y secundar el espíritu de la Iglesia.

Pero ¿puede de veras la mujer desempeñar tal misión? ¿La realizó en el pasado? ¿Debe cumplirla en el porvenir? Tenemos tres preguntas a las que es conveniente dar una respuesta para persuadir incluso a los más escépticos.

Por favor compartir sus respuestas al final de la lectura.

 

(Continuará).

Rosalba Correa de Clavijo, Cooperadora Paulina.

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