El día que Santiago escucho la primera lección de filosofía al canónigo Chiesa, la tempestad que se había desencadenado en su alma no se había calmado aún del todo.
Nuestro seminarista estudió todas las materias de segundo, tercero y cuarto curso de bachillerato con discreto éxito, edificando a sus compañeros y abriendo el corazón de sus superiores eclesiásticos a las más rosadas esperanzas acerca de su futuro sacerdotal
Santiago era un muchachito sencillo, espontáneo e incluso ingenuo, y siguió siéndolo durante toda su vida, aun cuando en la edad madura dio a menudo la impresión de ser un diplomático consumado.