PARA CONOCER AL BEATO SANTIAGO ALBERIONE – UN APÓSTOL DE LA COMUNICACIÓN SOCIAL (7ª ENTREGA)

PARA CONOCER AL BEATO SANTIAGO ALBERIONE – UN APÓSTOL DE LA COMUNICACIÓN SOCIAL (7ª ENTREGA)

El P. Alberione recuerda que en el primer año de escuela manifestó por primera vez su intención de ser sacerdote.

Me haré sacerdote

El P. Alberione recuerda que en el primer año de escuela manifestó por primera vez su intención de ser sacerdote:

“La maestra… preguntó a algunos de los 80 alumnos qué pensaban hacer en el futuro, en el curso de la vida. El que fue el segundo interrogado reflexionó bastante, luego se sintió iluminado y respondió resuelto, ante la extrañeza de los alumnos: “Me hare sacerdote.” Ella lo animó y ayudó mucho. Era la primera luz clara: antes había sentido cierta tendencia, pero oscuramente, en el fondo del alma, sin consecuencias prácticas. Desde aquel día los compañeros, y alguna vez los hermanos, comenzaron a designarle por el nombre de “cura”; unas veces para burlarse de él, otras para recordarle su obligación”

Aunque el P. Alberione diga que en esa ocasión se sintió “iluminado”, no nos vamos a imaginar una iluminación divina en el sentido que suelen dar a este término los maestros de espíritu. La idea y el deseo de hacerse sacerdote podían haber nacido y crecido en él por consideraciones muy simples y naturales. El sacerdote que él veía más a menudo, especialmente desde que frecuentaba la escuela, era su párroco, don Juan Bautista Montersino (1842-1912), una hermosa figura de eclesiástico, que el mismo P. Alberione definirá como “sacerdote de gran espíritu, inteligencia e intuición” Para el chiquillo que lo escuchaba y observaba con curiosidad, podía ser un bello ideal encontrarse en su lugar en la predicación, en la celebración de la misa y en el prestigio de que gozaba entre sus parroquianos; y esto bastaba para que surgiera en él la idea de ser un día sacerdote. La pregunta que le dirigiera la maestra pudo, así, ser una simple ocasión para expresar claramente ante los otros y ante sí mismo lo que ya llevaba dentro desde hacía algún tiempo.

Sus compañeros se extrañaron no sólo porque fue el único que manifestó semejante aspiración, sino también porque para la mayor parte de ellos, pobres campesinos, tal aspiración era desproporcionada a la propia situación. No despreciaban ciertamente al compañero que se proponía ser sacerdote, sino que lo consideraban tal vez como un sonador o un iluso.

Lo mismo debería decirse de la extrañeza que suscitó entre sus familiares cuando contó lo que había sucedido en la escuela. Fuera de la madre, que, al parecer, en aquella resolución del hijo vio escuchadas muchas de sus oraciones, todos los demás debieron de manifestar no poco escepticismo. Nadie recordaba que un Alberione hubiese aspirado a una posición tan alta. ¿Era posible? Además, para ser sacerdote, hacían falta muchos años de estudio y grandes gastos; y Miguel, el padre, hubo de preguntarse inmediatamente si podría sostenerlos sin sacrificar demasiado al resto de la familia.

Por lo demás, no se originaron sobre este tema demasiadas discusiones: el padre y los hermanos, en el fondo, estaban convencidos de que el propósito de Santiago no era más que humo de pajas, el sueño de un niño demasiado pequeño todavía para darse cuenta de las dificultades que la realización de su idea entrañaba. ¿Qué consistencia pueden tener los propósitos de un mocoso que no ha cumplido aún los ocho años?

El único que no pensaba así era el propio interesado, el pequeño, débil y flaco Santiago, el cual no sabía hacer largos razonamientos, pero sentía íntimamente que no estaba cortado para las cosas ordinarias, y ya sabía que no se resignaría jamás en la vida a destripar terrones, como había hecho siempre su padre y como pretendían hacer sus hermanos mayores. El había optado por el sacerdocio; había tomado una decisión seria, que desde los primeros meses imprimió una nueva orientación a toda su vida exterior e interior: al estudio, a la oración, a los pensamientos, a todo su comportamiento en general.

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